Juan Diego Becerra Platín
Siempre me he preguntado por qué las empresas se empecinan en buscar nuevos clientes, mientras aquellos que ya creyeron en ellos quedan relegados al olvido y sujetos a la burocracia excesiva que caracteriza a muchas de las empresas de nuestro país. Sobre todo cuando tenemos oligopolios, un par de empresas que tienen el control de toda la oferta y a los usuarios nos toca elegir y aguantarnos, porque los niveles de movilidad entre operadores son muy complicados.
Lo digo por el tema de la telefonía celular. Ese negocio en el que sólo tres empresas tienen todo el control de la vida de millones de colombianos, que dedican todos sus esfuerzos a buscar nuevos clientes, en los que los niveles de quejas y reclamos alcanzan niveles increíbles y que simplemente obligan a los consumidores de sus servicios a estar ahí a punta de contratos, de cláusulas y temor a perder el número. Ese es el mercado que tenemos, y al que nos hemos tenido que acomodar.
Pero hay casos que ya quedan por fuera de cualquier lógica de mercado. Soy usuario de Tigo, desde hace más de 4 años y hasta el pasado diciembre lo defendía porque sentía algún tipo de cercanía con la marca. No tuve mayores problemas hasta entonces, era un usuario casi feliz, o al menos ciegamente resignado al servicio que recibía, defendía la marca cuando hablaban de la competencia, estaba ahí, con ellos, aunque seguro a ellos poco les importaba.
Pero llegó enero y el cambio de tarifas, y a la vez llegó el acabose de la idílica y casi idiota relación que tenía con la marca. De repente decidieron que mi plan de voz debía tener un incremento en la tarifa por minuto del 20%, de 125 a 150 pesos con IVA incluido, y se escudaron simplemente en que podían, que aún así el precio sigue siendo competitivo, que si no me gusta que las puertas están abiertas pero que tengo que pagar cláusula de permanencia. Mejor dicho, que si me gustaba bien, que si no, también.
Y no logré nada porque escribí, pedí explicación y simplemente se quedaron con el mismo argumento: que podían, que el cargo básico del plan no había subido, que si no me gustaba que pagara la cláusula. Y ya, para mí acabaron con la magia de la marca, me obligarán a permanecer ahí por un miserable contrato y tengo que aguantarme que me hayan visto la cara porque el número no lo puedo perder.
Y si se preguntan por qué no puse una nueva queja, la respuesta es simple. No puedo perder 1 o 2 días más de trabajo para que me envíen una nueva carta que va a terminar diciendo lo mismo. Y seguiré ahí, cada vez más convencido de que el servicio va de mal en peor, que la señal se cae 4 de cada 5 llamadas y que se burlaron de mí, esperando que se acabe la cláusula esa para buscar otro operador si es que algún día sale eso de la movilidad del número telefónico. Pero debo confesar un temor inmenso que me agobia cuando pienso en ello, ¿acaso no son todos iguales?
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